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Ya tenemos una edad

Aquí estoy, con 25 años a mis espaldas o un cuarto de siglo, que suena más imponente. Un cuarto grande y luminoso, probablemente con un bonito aparador en una esquina, fruto de la tala incontrolada de árboles en un bosque del que ya nadie se acuerda. Antes aún iban los niños a jugar, los ancianos a pasear, y los jóvenes alocados a tallar en las cortezas de los árboles promesas de amor eterno que duraron menos de lo que tardaron en salir del bosque, pero quien soy yo para juzgarles, o para intentar robarles su alegría. Puede que al salir del bosque ya no hubiese nada, o puede, y sólo puede, que estuviesen destinados uno para el otro. Entonces el árbol crecería, repondría su corteza, taparía las marcas del amor de la juventud, y un día unos todavía enamorados padres llevarían a sus hijos al bosque donde todo empezó.

Pero ese bosque ya no existe, lo talaron, para construir un aparador, un aparador que reside en mi cuarto. Mi cuarto de siglo.

Tengo que empezar a comer ese tipo de fruta que mejora la memoria, no recuerdo cual es, supongo que debía haber empezado a tomarla hace tiempo. Ahora a lo hecho pecho, trataré de no olvidar mi nombre, o que tengo que tomar esa fruta, puede que si le describo la situación a un frutero me de la fruta necesaria, o un bonito frutero lleno de colores que colocar sobre el aparador. Con suerte la madera era de un naranjo, y colocar naranjas sobre él es como colocar trozos de personitas sobre un cadáver, un poco turbio todo. Creo que no quiero las frutas ya.

Vivo en un piso en el que hace demasiado frio como para escribir en el teclado del ordenador. Además, teniendo en cuenta que escribo con los dedos meñiques levantados cual asiduo bebedor de té ante la reina de Inglaterra, éstos se me enfrían y se solidifican, bueno, eso no, sólidos ya son, como que se enfrían a tope de powah y no se mueven. Que fraguan, vamos, es que estoy muy metido en la jerga del cemento, y se me escapan los tecnicismos.

Bueno, que los dedos duelen, porque en el piso hace excesivo frío. El truco está en meterse debajo de las mantas, y esperar a la mañana para llegar a la oficina, que allí hace calorcico, pero no se puede dormir. Una de cal y una de arena. Aunque no acabe de entender esa expresión, probablemente porque no entiendo cuál es la buena, si la cal o la arena. Los de Calgonit lo tendrían claro. Ojalá fuese publicista para entender sus chascarrillos. Oh, wait.

TL;DR: Tengo 25 años, pero no es nada nuevo, llevo varios meses así. Y no me sale de los cojones que a estas alturas venga nadie a condicionar mi vida sólo porque se le tuerza el culo. Y no tengo queja, supongo.

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